noviembre 2007

Año 2003. Recibo una llamada de lanavajaenelojo desde un hotel de Nueva York.

- El hotel es algo chungo, pero lo peor es unos cuadros horrendos que tienen...
- ¿De qué son, de mujeres vaporosas masturbándose en paisajes valencianos al atardecer?
- ¡Ojalá! Esto es como un Warhol degenerado. Espera que el tío este tiene un nombre y... No puede ser verdad...
- ¿El qué?
- ¡Se llama Ronnie Cutrone!


Evidentemente no me lo creí, pero Internet se encarga de demostrarte que estas cosas ocurren.

Sí, hacer pintura deplorable y llamarse Ronnie Cutrone ya te da la medalla de “onvre del año” y así podrá concluir, sin más, este post. Pero ya sabéis que lo nuestro es, al igual que Encarna Sánchez, el periodismo valiente dirigido a la verdad. Así que comenzamos a investigar en la vida de ente onvre.

Ronnie Cutrone – no, no pienso decir su nombre de forma abreviada en ningún momento del artículo, faltaría más – se dedicó a ser el “asistente” de Warhol en los años dorados de The Factory. Sobre toda la gentuza que rodeaba a Andy sólo puedo decir lo mismo que se cantaba en una coplilla de King Crimson:

“...Y si Andy Warhol es un genio, qué soy yo sino una mota de polvo en el glande de un alienígena conservado en gelatina”.

Se puede decir más alto y, sobre todo, más claro, pero no me apetece hacerlo: lo único que se puede añadir a las fotos de Ronnie Cutrone con Warhol sería un bocadillo que dijese “¡Mira, mamá, aquí estoy al lado de Andy!”.

Still, queda la gran duda: ¿Cómo llegó Ronnie Cutrone a esa posición de privilegio? ¿Cómo logró, al igual que jrandes como Pitita Ridruejo y Ana Obregón, salir al lado de Warhol en las fotos? La respuesta a esta pregunta es la que convierte a Ronnie Cutrone en uno de los más notorios onvres de la historia. Aquí está su ídem:

El caso es que, a la que Ronnie Cutrone se sumió en el ambiente artístico de la Factory, se dedicó a hacer disciplinadamente los deberes: el cartel de “prohibido consumir drogas” que presidía la factoría, sólo servía para que todos estuviesen en las escaleras chutándose Metadrina. Y a ello se aplicó Ronnie Cutrone. “Pero sólo Metadrina, éramos unos puristas”.

Por supuesto, un chaval aplicado como Ronnie Cutrone, también se fijó en la homosexualidad dominante en el ámbito (mítica la frase de Lou ReedCariño, soy un chupapollas... ¿Qué eres tú?”). Así que Ronnie Cutrone se dispuso a hacer los deberes: se presentó en el bar Ernie’s, un ámbito donde, en la barra, estaban los tarros de vaselina y, cogiendo uno, se dirigió al cuarto oscuro.

El problema fue – y esto es lo que convierte a Ronnie Cutrone en uno de los onvres definitivos – que se le dio realmente mal. No importaba la dedicación y ahínco que le pusiese. En una ocasión, un señor que estaba recibiendo una felación por parte de Ronnie Cutrone, le dijo “Tío, esto no es lo tuyo” a lo que un avergonzado Ronnie Cutrone le respondió “Ya lo sé, lo siento”.

Después de un momento de definición vital tan épico como ése, sólo puede ponerle un bocadillo distinto a la foto de los notas de The Factory:


Es bien sabido y mundialmente aceptado que pocas cosas hay que te abstraigan más de la realidad y las vicisitudes cotidianas que el que te introduzcan por sorpresa un dedo por el culo. Pues imaginaos, que en vez de un dedo, es un tubo. Y por la nariz.

Un nerd no está completo sin su correspondiente tara física. Como bien sabe todo aquel que haya visto una película americana de adolescentes (que es donde reside toda la sabiduría de nuestra sociedad), la principal es el asma. No creo que sea casualidad que el Dr Elektro, el mayor onvre pan-freak que conozco, tenga su inhalador siempre a mano, cual Mikey de los Goonies. Y no olvidemos el día en el que le prescribieron uno a mi novia. En ese momento, me emocioné enormemente, pues mi Snowymary había dado un paso definitivo a su nerdización total. De chica tímida de invernaderos almeriense a perturbada asmática que pide que baje el último de ‘Battlestar Galactica’. Qué bonito.

Por mi parte, no tengo problemas respiratorios más allá de la usual alergia. Pero lo del estómago ya es otro tema.

A la pregunta en la encuesta de este mes de ‘¿Qué le han metido a Paco Fox?’:

- Un 4% contestó que ‘Un puño’, demostrando que habían leído el artículo sobre mi gaycidad y supongo que sospechando que soy un depravado masoquista. Lo cual es mentira: no soy masoquista.

- Un 28% eligió la opción de ‘Un bocadillo de choped’, demostrando que son muchos los que conocen mis más íntimos deseos.

- Un 6% se decantó por el clásico ‘No era un tubo’, demostrando que YA hay nostálgicos del pasado de este blog.

-Un 40% acertó con ‘Esta vez, sí era un tubo’. Vale, era una pregunta muy sencilla. De estas de "Pues si lo preguntan, es porque ha ocurrido", estilo ¿Han redefinido los conocimientos que se tenían de la inmovilidad de la sociedad egipcia los recientes descubrimientos acerca de la pirámide de Keops? o ¿Puedes coger una enfermedad venérea si practicas sexo sin protección, doctor?
Porque hace unos días me hicieron por segunda vez una maravillosa prueba para la hernia de hiato consistente en un tubito tamaño pajilla que te meten por la nariz hasta el mismísimo duodenarl. Y no: no va al duodeno. Es que cualquier momento es bueno para citar a Chiquito. Que hay que explicarlo todo, coña.

Muchas personas comentan que, de las dos pruebas clásicas para medir los problemas de estómago, la más molesta es la endoscopia, que consiste en que te introducen (efectivamente) un tubo por la boca. Yo también he hecho esa. Dos veces. Es la mar de curioso que Tom Cruise utilizara un cablecillo de unos milímetros de grosor en ‘Misión Imposible’ con el que le veía hasta los pelillos de la nariz a los malos y yo tuviera que sufrir una especie de butifarra mortal. La cual, por otra parte, me hizo comprender la valía de felactrices de la talla de Linda Lovelace o Tori Welles.

Lo curioso del tema es que, la primera vez que me sometieron a esta prueba, la cosa fue incluso divertida. Nada más llegar, observé cómo la enfermera echaba el (por entonces) nuevo ambientador ‘Oust’. La buena mujer se quejaba de que, como era de esperar, no funcionaba. Yo le contesté que tampoco olía tan mal, a lo que me respondió: ‘Ya, pero en colonocopia están desesperados’. Y me dio mucho asquito y risa al mismo tiempo, porque ya sabemos que no hay nada más gracioso que un chiste de caca.

A continuación, comenzaron a introducirme la morcilla por la garganta, mientras mentalmente tarareaba la música de Misión Imposible por aquello de abstraerme. Y entonces sucedió:

El más glorioso, impresionante, sonoro, musical, armonioso y brutal eructo de la historia.

Y eso sólo fue el momento. Aquello se convirtió en una sinfonía de gases que, sin duda, resultaba más melodiosa que una composición de Ligeti. Y yo empecé a descojonarme. ¿Cómo si no esperabais que reaccionase? Desde luego, la enfermera, que no lee ‘Vicisitud y sordidez’ (entre otras cosas porque todavía no se había escrito y esto no es ‘La casa del lago’), no daba crédito. Sobre todo porque seguía riéndome mientras tenía arcadas. Así que al usual ‘intenta aguantar las ganas de vomitar’ que le dicen a todo el mundo en esta prueba (¿cómo coño quieren que detengas un espasmo involuntario?) se unía el absurdo de ‘intenta no reírte’.
La segunda vez, perdida la novedad, la cosa fue menos agradable. Pero preferible a tener un tubo por la nariz veinticuatro horas. Al principio pude disfrutar de la novelería de sentirme como un guerrero fremen viajando por las arenas de Dune. Sólo que, en vez de arena, era el metro de Moncloa. Y en vez de uniforme negro con compartimentos para el agua llevaba un abrigo de cuello vuelto que me tiraba del cable. Pero, al menos, pude recrearme en aquel momento de fama callejera. Porque, claro, si en otro contexto una amplia multitud de universitarias eróticas me mirara fijamente por la calle, la situación habría sido perturbadora. Pero aquel día, al menos tenía la seguridad de que no llevaba la bragueta abierta, sino que era mi tubo el centro de atención. Y esa certeza era, por una vez, agradable.

Lo peor de Internet es que parece que “La Historia” comenzó en 1996. O que la historia del arte comenzó con la SGAE. Cosas como el menéame son una cansinez donde sólo los ataques a – perdonen la palabra que voy a decir – individuos como Ramoncín tienen repercusión. O peor aún: para mucha gente, José Luis Borau, el autor de una genialidad metafórica como ‘Furtivos’, sólo es el gilipollas al frente de esa cuadrilla de corruptos.

Recientemente, tras un silencio discográfico, Luis Cobos ha vuelto a la luz pública para reclamar su
parte del pastel. Y claro, estos chavalucos interneteiros ya se la han lanzado merecidamente a la yugular. Lo peor es que, en medio del ataque, ya son pocos los que recuerdan la MAESTRÍA ABSOLUTA que Luis Cobos demostró a la hora de utilizar los ritmos del Casio. Feck, y que el maestro Cobos es un jrande del bigotón.

En este blog, enamorados como estamos de la patética retórica de la “gran crítica musical” no queremos perder la oportunidad de realizar uno de esos artículos ponzoñosos tipo Rock de Lux, Popular 1 o Rolling Stone donde, con unas pocas frases por disco – y su consiguiente ración de estrellitas o puntos negros – se resume la abultada discografía de grandes estrellas.

Y... (palabro por el que tiene que empezar toda buena sentencia GSánzica)

...de la mano de Paco Fox (y trotando con él por las montañas de Salzburgo acompañados por la voz de Julie Andrews) se incluirán nostálgicas ambrosías sobre qué hubiese dicho G. Sanz acerca de cada disco. Porque la de G. Sanz es LA verdadera opinión. (By the way, Paco se siente harto orgulloso de haber redactado todos los GSanzismos sin haber escuchado NI UNA SOLA nota de los discos de Luis Cobos – lo de la infancia no cuenta. Tal es LA actitud de un crítico musical responsable).

Ladies and gentleman, I give you... ¡¡¡La discografía de Luis Cobos!!!

Zarzuela (1982)



Con las credenciales de haber sido uno de los responsables de obras maestras como el “Prepárate” de Obús (arreglista y teclista), o el Op Art de Tino Casal, o los primeros discos de
Mecano y Olé Olé, Luis Cobos debuta con un álbum en el que, al igual que artistas de la talla de Modern Talking o Günther, demuestra tener el pleno control de sus recursos creativos. El enérgigo chis pun con el que, con brío falangista, desfila “La torre del oro” eriza todo lo que concretamente es el bello púbico. De igual forma, en temas más pausados como “La rosa del azafrán”, el maestro Cobos reduce la melodía a mero colchón ambiental para dar la voz solista a un hueco chis pun chis pun pun que se convierte en único y merecido protagonista del evento. Los recursos que, durante años, ensayaron las cassettes de gasolinera, alcanzan su plenitud en armonía con la Royal Philarmonic Orchestra. Camarón de la Isla o Los Cantores de Hispalis tardarían muchos años en darse cuenta – y peor – de lo que Luis Cobos dominó en 1983.

G.Sanz habría dicho: Redivido tras su experiencia soul prog de la ‘Conexión’ Sevillana, el que fuera colaborador de Tino Casal propone una visita al callejón de la memoria musical nacional inspirada por las experiencias trip-barock de Rondò Veneziano. Y, haciendo suyas las moradas atemporales de R. Chapí y (especialmente) G. Giménez, abre la puerta a los adosados musicales del futuro. Poder hard-casio y ritmos briosos pagan una entrada triunfante (que no triunfal) en el monolítico edificio de la música orquestal española.
Sol y Sombra (1983)



Que la sobrenatural e hiriente belleza de la portada no turbe tu juicio: este disco de pasodobles, pese a su notable dominio del hard Casio es un paso atrás respecto al debut. Cambiar la zarzuela por el pasodoble sume a Luis Cobos en el terreno de la cassette gasoliñeira genérica, lleno de maestros consumados del hard Casio aplicado al pasodoble contra los que resulta imposible competir. Luis Cobos pasa de definir un género a convertirse en genérico: la misma evolución que lleva a Kiss de discos como el ‘Rock’n’Roll Over’ al ‘Hot in the Shade’.

G.Sanz habría dicho: La consabida (y esperada) secuela a su brioso debut marca el primer paso al flash fordward de su futuro declive. Los espíritus del Maestro Álvarez Alonso y Las Grecas tutelan la confirmación de Cobos en el coso popular nacional. Y, alienando a los puristas del chunda chunda de alta cultura en el paseillo, confecciona una sublimación del mostacho adaptado a la sensibilidad popular tunera (y, por qué no, tunante)
Mexicano (1984)


En un arranque de desfachatez, en una fecha tan temprana como 1984, Luis Cobos va haciéndose su particular plan de pensiones: “invierte en México hoy para que pueda ser tu retiro mañana, cuando toda España te dé la espalda”. Disco pelota donde el Casio se hace discreto por aquello de no ofender “las sagradas raíces”. Así, cosas como ‘Huapango de Moncayo’ se convierten en el equivalente musical de la revista Hola borrándole las lorzas y celulitis con Photoshop a Ana Botella. Afortunadamente, en temas livianos como ‘Guadalajara’, el chis pun valiente y sin concesiones nos demuestra que Luis Cobos aún está lejos de su decadencia.

G.Sanz habría dicho: Abandonada la ortodoxia chis pun, Cobos plantea un periplo trasatlántico planteado por el ego y corroborado por el superego, pero muy lejos del id. Desprovisto de su habituales señas de identidad, el resultado se queda en un folleto de viajes con las escalas habituales en el pasito y la ranchera (sin olvidar visitas al jarabe) en una búsqueda completista de mementos.
Más Zarzuela (1985)



Tras el fracaso artístico de ‘Mexicano’, Luis Cobos se refugia en una secuela de su mejor obra hasta el momento con resultados desiguales. Si temas con ‘La Tempranica’ casiean fast and furious, mediocridades como “La boda de Luis Alonso” muestran tanto falta de valentía a la hora de potenciar el Casio en la mezcla, como indecisión a la hora de decidir qué botón pulsar. De la misma forma, el en exceso barroco chis chis chás pun típico del trip hop de “Benamor” deja al perplejo oyente rascándose la cabeza.

G. Sanz ha quitado el vinilo del tocadisco y se ha sentado sobre el pitorro central del plato mientras lame un vinilo de los Smiths.

Capriccio Russo (1986)

Si sólo puedes ser el orgulloso poseedor de un disco de Luis Cobos, ésta es la elección... Perdón, si puedes ser “poseedor de un disco de Luis Cobos” y, a la vez, sentirte “orgulloso” es que mereces que te expidamos un diploma de sórdido cum laude. En este disco, Luis Cobos dio el paso definitivo: abandonar los géneros musicales “menores” y asaltar el mundo de la gran cultura con la melena ondeando al viento. Si, hasta la fecha, el maestro había cultivado una estética basada en la proximidad al populacho que otorgaban los jerseys de lana, ahora era el momento de sacarle a su bigotón todo el glamour, champagne, sexo y respeto que se merecía: Luis Cobos ya no es un onvre del pueblo, es un artit-ta apasionado que, con el erótico movimiento de sus caderas, marca el ritmo a la Royal Philarmonic Orchestra. Hecho que hizo que algunos dijesen “Luis Cobos dirige a la orquesta con el culo”.

Por supuesto, el “mundo del arte” no se lo perdonó: pero ésa era la esencia última de Luis Cobos, ser la ofensa definitiva. Cada pieza de “Capriccio Russo” es el paso decidido del hard Casio al grindcore-Casio (“Capriccio Russo”), el death-metal-Casio (“Marcha Eslava”), el punk-Casio (“Capriccio Espagnol”, cágate) o el thrash-Casio (“Bocetos Rítmicos”, todo un estudio sobre los botones del PT-2 que causa un éxtasis místico inefable).

G. Sanz habría dicho: Tras la indigestión de género chico (que no menor) de su anterior disco y su papel de sazonador de la adaptación fílmica de ‘La corte del faraón’, Cobos prepara un menú internacional. Y, henchido del espíritu de un Tchaikovsky tocado por la gracia de Paco Pil, cocina un inspirado strogonoff de frenesí rítmico y lo presenta para una masiva y orgiástica deglución. Melenas al viento, ritmos cosacos y un toque de la experta cocina de la Orquesta de la Televisión Rusa para un plato que huele a libertad y acondicionador.


Tempo D’Italia (1987)


Liándose con la mítica Ángel (esa sórdida que cantaba ‘Dancing in Paris’) y definitivamente abandonando el jersey de lana en pos de un más seductor smoking, Luis Cobos se atusó el bigotón y repitió la fórmula del “Capriccio Russo” con idéntica buena fortuna. Habrá quien diga que estos discos eran un plagio desvaído del mítico multiplatino ‘Hooked on Classics’, pero el hooked, de 1981, se podía explicar como un oportunismo comercial de un momento donde los ritmos disco pegaban fuerte, mientras que el chis pun de Cobos – decidido como pocas veces en “Tempo D’Italia” – es algo que sale del corazón, más allá de tendencias y demagogias.

G. Sanz habría dicho: Retomando su primigenia inspiración en los Rondò Veneziano de Gian Piero Reverberi, Cobos prosigue su labor tutorial de los clásicos para el mercado medioburgués. Unas lecciones magistrales con Puccini como ojito derecho y su nuevo Ángel (ex-Dancing in Paris) de jefe de estudios, que no requieren desgastar codos y que satisface a toda la clase.

Vienna Concerto (1988)



Las críticas, cada vez más aceradas, comienzan a facer mella en Luis Cobos. La pasión con la que ondea la batuta y las melenas en la portada del disco no puede ocultar una menor presencia del Casio a lo largo de la mezcla. Tanto, que la setentera obra del sórdido Werner Müller, consigue superarle en brío y energía sonora. De cualquier forma, la “Marcha Radezky” de Strauss es una apuesta infalible para llegar a las más altas cotas de la vergüenza ajena, y Luis Cobos se aferra a la oportunidad con uñas, dientes y bigotón como el jrande que es. Qué coño, se aferra y se la folla a pelo al enganchar la más sórdida composición de Johan Strauss con... ¡Sonrisas y lágrimas! Encima, esa peli era en Salzburgo, y no en Viena, lo que hace que el single “Viena Concerto” sea TODAVÍA mejor.

G. Sanz habría dicho: La tercera parte de la trilogía apócrifa iniciada con ‘Capriccio Russo’ nos ofrece a un whisky con exceso de agua, pero falto en cocacola. Tras esa osada diversión que es el tema que da título al disco, lo acomodaticio se establece firmemente en una declaración de lo desgastado de una fórmula que ni refresca ni intoxica.

Opera Magna (1989)


La decadencia prosigue: el Casio se restringe sólo al single “Carmen Passion”. Curiosamente, una de las mejores y más sentidas piezas de su discografía, digna de haber sido usada de fondo musical en “Brácula: Condemor 2”. Y no, no se me ocuerre elogio mayor que ése. El resto del disco es infame relleno: los tiempos del “Capriccio Russo” comienzan a quedar preocupantemente atrás. ¡Pero Luis nunca había salido más guapo en una portada!

G. Sanz no compadece. Está de vacaciones masturbándose mientras escucha un disco de Vanilla Ice, su pasión secreta inconfesable.


Suite 1700 (1991)


Las partituras más sórdidas jamás compuestas son las cuatro estaciones de Vivaldi. Pon “La primavera” en cualquier ámbito de la vida, hasta en eventos trágicos, como el preocupante estado de salud de Cachuli en prisión y, en seguida, todo se vuelve erótico-festivo.
Carente de inspiración, y cosechando su primer fracaso comercial, Luis Cobos se aferra a Vivaldi como último estertor y como triste anuncio de su decadencia poética.

G. Sanz sigue sin compadecer, a la espera de un cambio en la trayectoria temática que le permita asombrar al mundo con sus enormes conocimientos.


Viento del Sur (1993)


Al igual que otros jrandes de los 80, Luis Cobos se vio confundido por la oleada grunge. Incapaz de mantenerse fiel a su estilo o de realizar una versión hard-Casio del Nevermind de Nirvana por la que le estaríamos eternamente agradecidos, nuestro bigotón intentó hacer efectivo su plan de pensiones en Sudamérica con la que es su peor obra. Pero no coló: que una orquesta tropical sustituya los botones del Casio es algo que repugna a toda gente de bien. El peregrinaje en el desierto de Luis Cobos se inicia con este cd de derribo, del que ni siquiera el sórdido single “Supermambo” consigue gustarnos. A pesar de lo maravilloso de su título.

G. Sanz habría dicho: Olvidada la afición a los ritmos programados que tantos réditos le dio en el pasado, Cobos firma un regreso a América Latina con marchamo de operación de mercado. Y, rindiendo pleitesía a Pérez Prado, establece un compendio musical que sabe a musicología de Reader’s Digest. Pespuntes de folk caribeño y un doctorado en timbalogía para una propuesta que no puede escapar del espectro de su evidencia.
Oscars (1995)


La media estrella se la gana por su versión de “Star Wars main theme”. Es mala y sin Casio, pero en una reunión erudito-freak puedes decir “Ehhhh... chavaaaal... que esta versión es de Luis Cobos...”. Y nadie lo pillará.
El resto del disco deviene música de ascensor genérica: pura librería donde ni siquiera es capaz de sacarle partido a temas de probada eficacia sórdida como “El puente sobre el río Kwai”. Lo que podría haber hecho con ese tema en el 86 si grabase “Capriccio tailandés”...

G. Sanz habría dicho: Perdido en una crisis de identidad de su ética musical, el hijo predilecto de Campo de Criptana acelera su decadencia otorgándose un nuevo papel en la diégesis de su trayectoria. Y, con su batuta afinada en clave nostálgica, protagoniza una compilación de celuloide con decorados de cartón piedra y disfraces de goma. Un Samuel Broston musical volteado por la inanición del ambient-lounge que no vale ni para una sesión golfa.
Amor (1997)


"Viento del sur 2" pero sustituyendo la orquesta tropical por los samplers de librería del disco “Oscars”. The worst of both worlds. ¿Qué fue del chis pun marca de la casa?

G. Sanz no se habría molestado ni en mirar la portada. Por muy mono que salga Luis.







La Danza de los Corceles (1998)


¡Aquí estaba el chis pun! Con ‘Alazanes Blancos’ Luis Cobos graba el primer tema ORIGINAL de su discografía y nos demuestra que el chis pun aún circula por su sangre y su bigotón. La sordidez intrínseca del mundo equino en general y de los alazanes en particular hermana a Luis Cobos con la mejor herencia de Azúcar Moreno y Los Cantores de Hispalis. De acuerdo, el resto del disco no está a la altura, pero ver que aún hay vida y arte en Luis Cobos merece que nos tomemos un finito sevillano mientras decimos “¡Illo!” y nos arrodillemos ante la virgen del Rocío desfilando a ritmo de Casio PT-1. Porque en lo esencial está la verdad.

G.Sanz: Tras sus paseos lounge-core por el celuloide y su descenso a los infiernos latinoamericanos, Cobos plantea su renacer con base en la ortodoxia de antaño. Y, en alas de un single incontestable (‘Alazanes Blancos’), retoma su verdadero ser en una visita introspectiva a la tradición hispana de sus primeros discos. Aires de levante y ritmo de rejoneo para un disco que no mantiene su promesa inicial, pero que sabe a nostalgia y moscatel.

¡Viva Mexico! (2000)




El inmerecido fracaso de “La danza de los corceles” hizo que Luis Cobos intentase cerciorarse de que aún quedaba algo de su fondo de pensiones sudamericano. Ni un peso. Y así terminó su carrera discográfica. Mucho mejor volver a su Campo de Criptana natal, donde las generosas gentes manchegas siempre saben acoger a sus hijos predilectos. Y más si les ofertan conciertos definidos como “Un goce para los sentidos”.

G.Sanz ingresó en la UCI tras la primera escucha de este disco. Y Vicisitud probablemente también.

Un onvre es interrogado durante un programa de “Sorpresa, sorpresa”.

- Nos han dicho que tus artistas favoritas son Azúcar Moreno...
- Si, sí que me gustan, sí...
- ¿Y cuál de las dos te gusta más?
- Nooo, las dos me gustan igual...
- Venga... dinos... Alguna te tiene que gustar un poquito más...
- Bueno... (el onvre se sonroja) La verdad... es que... me gusta más la fea.


En ese momento arranca la música y entran en escena unas turbadas, a la par que contrariadas, Azúcar Moreno deseosas de que ese buen señor les aclare cuál es la fea.

Así es la vida: TODOS tenemos gustos que sabemos que no se pueden decir en voz alta. Por lo menos, en la mesa. (Aún tengo atragantadas las aceitunas de una fiesta de cumpleaños en la que un sórdido me dijo que se ponía burro con Ana Aznar, incluso si llevase bigotón postizo).

Siguiendo el MEME planteado por lanavajaenelojo y continuado por Tocotó (con mención especial para la antilista de Milgrom), pasamos a describir esas fijaciones eróticas que nos conducen a las más tenebrosas simas de la depravación y las más altas cumbres de la sordidez. Y esperamos que tod@s fagáis lo mesmo.

“No debía de quererte/ No debía de quererte.../ Y sin embargo, te quiero”.

La lista de vicisitud y sordidez

Como dije en el post sobre cómo montar cine porno, yo NECESITO el contexto. No puedo entrar en una escena guarra con la acción ya empezada. Necesito saber si a Savannah le gustaba la piruleta, si el príncipe de la cenicienta fue a casa de la madrastra para invitarla al baile y justo cuando ésta abrió la boca para decir que sí aprovechó para... Vamos, que no me llega una cara bonita: hace falta más.

Así, por ejemplo, las cantantes que más me erotizan son Ann Wilson en sus años mozos y Cristina Scabbia. Y sí, se podrá decir que hay mucha zorra que “canta” ponzoña tecnosa o soul o cualquier carallo de esos que está “objetivamente” más buena que Ann o Cristina. Lo siento: el poder del metal te da belleza y los jipíos hiphoperos te la quitan. Imagínense, si no, a tirarse una top model que tuviese la misma voz que Aznar... ¡y que durante la cópula te recitase el discurso de su segunda investidura!

¿Y qué carallo hago diciendo todo esto? ¿Quiero vender que yo, en realidad, soy en ser sensible que disfruta con la verdadera belleza, que es la interior? ¡¡¡Todo mentira!!! ¡Soy un depravado! (hablándome a mí mismo, cual Dillinger) ¡Acepta las consecuencias de tus actos!

Antes de proceder a la lista, debo decir que en mi olimpo personal estarían Laura Prepon, Famke Jansen, Cristina Scabbia, Hilary Swank, Rosario Dawson, Julianne Moore, Michelle Rodríguez, Rachel Weisz, Julian McMahon, Burt Reynolds... estooo, perdón, me lío. En líneas generales, son señoras de las que te pueden pegar un poquito (y señores de los que te meten el puño, para qué engañarse). Pero no son gente fea, con lo cual queda a salvo el honor de lanavajaenelojo. Porque, créanme, quedaría mancillado tras el top five que se avecina:

5. Kristin Scott-Thomas.
Nunca supe por qué Hugh Grant no prefería tirarse a esta real señora en vez de a la pedorra de Andie McDowell en ‘Cuatro bodas y un funeral’. Cuando se lo comenté a mi depravado amigo Manolo – otro talibán de Kristin – me dio la razón.

El problema vino cuando dejé de ser una secta dentro de mí mismo y la humanidad me miraba con horror cuando proclamaba mi amol por Kristin. Treinta mil insultos después, el género humano me ha convencido de que lo mío con Kristin es de pervertido en fase terminal. Still, cuando le comenté lo mismo a Adrià Collado (un señor que puede beneficiarse a quién quiera sólo con señalarla con el dedo) me dijo que Kristin es de lo más jrande que hay. Por su culpa, he vuelto a las andadas.

4. Lili Taylor

Con la excepción de ‘Short Cuts’ la filmografía de esta chica es de un pretenciosismo indie que roza lo lamentable. De esas cosas que uno sólo ve cuando, de joven, intenta ser un voluntarioso cultureta. Así que supongo que ese gran sórdido que era Robert Altman hizo que viese algo en esta enanilla narigona. Incluso su rollo vampírico en la patética ‘The Addiction’ me puso.

Viéndola hoy en día, pienso “pecadillos de juventud”. Pero el trauma que le causé a mi hermana el día que le dije “Pues no es fea esa chiquilla” es algo imperdonable.

3. Selma Blair

Estoy en el cine viendo ‘El juego del amor’: Selma Blair aparece hombruna, sin maquillar, mal vestida y... ¿podría decir que esa cosilla de allí es un bigotón? A los pocos minutos, Selma decide dejar a su marido y hacerse bollera.
“¿Está mal que me erotice esta chiquilla?” pregunto a lanavajaenelojo. Su cara de estupor me hace intentar arreglarlo. “Bueno... ¿y si la que me erotiza es la otra bollera alta y dentona?”. Mejor no haber intentado enmendallo...

Sí, Selma me erotiza. Pero, a la vez, me produce una inmensa ternura: ella creía que era guapa. Intentó que le diesen un papel en “La sonrisa de Mona Lisa” para ver si se convertía en “la novia de América”. La dura realidad, en cambio, le deparó papelones como quedarse enganchada a una minga en plena felación en “The Sweetest Thing”, hacer de actriz porno reconvertida al integrismo cristiano con unas tetas del 200 en “A Dirty Shame” del gigantesco John Waters y, por encima de todo, realizar la escena de sodomía menos erótica de la historia del cine en “Storytelling” mientras su profesor “afroamericano” de literatura le obliga a decir “nigger, fuck me hard”. Y la pobre preocupada por no ser racista...

Por todo eso – y por unas tetillas ínfimas que te da tiempo a ver en sólo dos fotogramas – Selma me da amor. Dan ganas de decirle “venga chiquilla, ven aquí, si no eres fea, que el pelo te comience a nacer en las cejas está bien...

2. Jorja Fox

Ese pedazo de cara de pan aplastada contra un cristal y esos dientes separados... Lo confieso, aquí ya no es una cuestión de “Es muy elegante” o “Tiene su aquel...”. No: Jorja me erotiza.

Mucha gente pensó “A ver, si la ha pillado Bruckheimer es que debe estar buena y yo aún no me he dado cuenta”. Lo que no sabían es que Jerry también pensaba “A ver, si yo la he pillado, es que lo debe estar buena y aún no me he dado cuenta” . Así que Jerry procedió a rodar un capítulo de CSI en el cual ella tenía que hacer de “cebo” para un putero. Véase qué gran excusa argumental para ponerle minifalda y maquillaje de putilla. ¿El resultado? Dantesco. Esa ropa resaltaba aún más sus andares de pato, su cierta tendencia a tener chepa y, de paso, confirmaba que el erotismo de Jorja era el erotismo de vivir encerrada entre botes de formol y menudillos varios. O el erotismo de no haber visto más onvres desnudos que en la morgue. Whatever.

1. Judy Davis

“Es la mejor actriz del mundo” dijo Woody Allen de ella. En esa época mía de ser talibán de Woody (todavía no superada del todo) yo me lo tomé en serio. Y, ya que estaba, la mala hostia que esta señora destilaba en “Maridos y mujeres” terminó poniéndome. Sí, incluso cuando hacía reivindicaciones de castración colectiva o, peor aún, enseñaba sus exiguos pechos en la que creo que es la ÚNICA escena de empelote que Woody Allen haya rodado.

Bravo Woody: trabajas con Scarlett, Julia, Natalie, Diane, Charlotte, Winona... ¡¡¡¡y a la que sacas en bolas es a Judy!!!! Puede que, en mi esfuerzo por entender tal decisión, Judy Davis siguiese provocándome erotismo a la que, en “Celebrity”, dijo que cada vez que tenía que comerle el pene a su marido pensaba en la crucifixión.


Las depravaciones de Paco Fox


Eres consciente de que no son del todo guapas. Y te avergüenzas de que te pongan. Escondes el hecho por temor al merecido escarnio de tus conocidos. En las reuniones sociales, prefieres declarar tu interés por el concepto de penetración anal con strap-on antes que reconocer que te erotizan ciertos personajes. Y esta es la historia de mis depravaciones más celebradas:



Pre-historia:

Julia Otero con mullet. No, en serio. Cuando era primo-adolescente, todos los días me tragaba el 3X4 antes de ir al colegio, pues curiosamente tenía un turno de tarde. Y, sí: no lo veía por la calidad e inteligencia del programa (que no era mucha, pero al menos sacaron una vez a Battiato haciendo play-back, lo cual casi lo redime en mis perturbados recuerdos), sino por la presentadora. Hoy en día me avergüenzo profundamente de esa desviación sexual, pero he de reconocer que llegué a recortar fotos de una entrevista del Teleindiscreta (esa gran bazofia que surtió de pegatinas de V y M.A. las carpetas de anillas de mi infancia) y las guardé en mi escondite junto a las de Samantha Fox, algunas tías en pelota picada del interviú o, incluso, mi primer Private. ¡¡¡Vicisitud!!!


Adolescencia:
Me gustaba todo lo que tuviera un mínimo de erotismo. Todo. Bueno, excepto, claro está, Amber Lynn. O no, qué coño: Amber Lynn también.
Onvre hecho y derecho:

Todo comenzó con mi obsesión con las pelirrojas. Yo sabía que hallar una que fuera guapa era más difícil que encontrar una aguja en un piso de estudiantes. Pero llegó la Nicole Kidman y afianzó mi empeño en erotizarme casi exclusivamente con tías pálidas, a ser posible con el pelo colorao, y que no se parecieran a Winona Ryder. El triste resultado al que me ha llevado este callejón sin salida es… Alyson Hannigan. Yo no me había fijado demasiado en ella durante todo el metraje de ‘American Pie’, porque no hay nada que me erotice menos que una mujer con un polo o camisa. En serio: si veo a Jennifer Connelly con una de estas prendas, incluso soy capaz de pensar. Tanto me bajan la líbido. Pero claro, cerca del final, la chica suelta esa gloriosa frase de ‘Y una vez, de campamentos, me metí la flauta por el coño’. Y yo desperté de mi letargo y, con el tiempo, he acabado añadiendo una carpeta con fotos suyas a mi ordenador, justo al lado de las de Alicia Witt, Traci Lords y Anita Dark.

Onvre mayó:
Los primeros verdaderos síntomas de que estoy envejeciendo no han sido ni el aumento de mis dolores de estómago (que siempre he tenido), ni el hecho de que me canse hasta jugando a la Wii (con agujetas incluídas) ni la pérdida de memoria (como ocurrió en la última quedada blogger, en la que olvidé mi número pin del cajero, regalando a todos los asistentes un bonito momento de chunguez para que luego puedan contar que lo nuestro no es una pose y que somos así de vicisitúdicos). Más bien fue que andaba viendo un capítulo de ‘Battlestar Galactica’ y comenté, en voz alta y sin miedo a represalias:

- Pues la presidenta me parece muy atractiva.

Efectivamente: en parte debido al personaje, en parte por la mandíbula cuadrada, en parte por una evidente degeneración neuronal, anuncié al mundo (esto es, a mi estupefacta novia Snowymary), que consideraba deseable a Mary McDonnell, una señora de 55 años con la nariz aplastada. Al menos soy consciente de que una cosa es ver ‘El novio de mi madre’ y erotizarse muchísimo con Michelle Pfeiffer (49 años), y otra muy distinta es esto. Que se trata, claramente, de una depravación. Cuando se lo conté a Vicisitud, su rostro palideció. Tanto que casi acabó pareciéndome atractivo. Err…



Ahora os toca a vosotr@s seguir el meme: ¡a comentar o a facer post y linkallo! (¿He oído a alguna decir “El príncipe Carlos de Inglaterra”?)

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