agosto 2011

Los alemanes, que sí que saben lo que es ser sórdidos, ya lo tuvieron claro desde el principio. Vieron a un wookie enano con un falo deforme con verrugas por nariz y concluyeron que ESE era SU personaje predilecto de los 80. Y le dedicaron una canción:

Doce semanas en las listas de éxitos alemanas. Doce.


‘Alf’ es a la historia de las comedias de situación como ‘We Built This City’ o ‘Mr Roboto’ a la historia del rock: un éxito masivo del que todo el mundo se cachondea. Pero a sus fans les da igual. Ellos viven tranquilos en sus psiquiátricos o en sus universidades. Porque la terrible realidad es ésta: ‘Alf’ es el personaje preferido de uno de los máximos iconos de ente bloj: mi hermano, El Ciudadano Soberano. ¿Qué atrae a uno de los principales pensadores políticos de este país (y eso no lo digo yo; ni siquiera Hans Magnus Enzensberger: lo dice mi madre) hacia lo que claramente es el producto de una mutación genética cagada por Don Pinpón después de un atracón de ganchitos de queso?

Que me crucifiquen como en una peli de Albert Pyun si lo sé.


El bicho era un pesado. Los chistes, siempre los mismos. Pero por algún motivo inexplicable tenía personalidad. Mucha. Tanta que su creador, marionetista y voz se comportaba en el plató como si el muñeco fuera una persona. Este señor respondía al armamentístico nombre de Paul Fusco, e imagino que tuvo la idea que lo sacó de la pobreza el día en el que se dio cuenta de que E.T. demostró que no hacía falta crear un bicho mono para hacerse rico. Él haría su propia versión de la peli de Spielberg pero sustituyendo la personalidad de retrasado borracho del bicho de Rambaldi por la de un vendedor de coches usados. Y, como era para televisión, no habría problemas de efectos. Sólo necesitaba hacer una marioneta, según dicen, basada en un antílope que hoy por hoy está como los fans de las series sórdidas de los 80: en peligro de extinción por la mano del hombre. Generalmente, amigos y familiares hartos de tus camisetas con el logo de ‘El gran héroe americano’ o, pero aun, David Hasselhoff. Porque toda la cara de The Hoff es un logo en sí misma.

Claro que Fusco calculó mal la complejidad del proyecto. Una cosa es hacer los teleñecos y otra era rodar una comedia de situación con varios actores y calendarios de rodaje más ajustados que los sujetadores de Katy Perry.

El resultado fue una pesadilla.


Imaginaos que la oveja que todos tenéis en vuestra casa para ponerle ligueros en las noches de sexo, se va cagando por todo el salón. Sería un coñazo tener que ir cada día andando sin poder mirar al suelo y memorizando dónde puso el bicho su último regalo para no pisarlo. Ahora, sustituid ‘pisarlo’ por ‘caer por una trampilla de un metro’ y veréis como la grabación de ‘Alf’ implicaba más paramédicos que todas las representaciones de ‘Spiderman: Turn off the dark’ (Esto no tiene nada que ver, pero… ¡Por fin Broadway tiene un verdadero mito del musical-colonoscopia!)


Además del pequeño problema de que la logística para esconder a los marionetistas durante el rodaje era una tortura, los actores tenían que lidiar con un hecho que les jodía enormemente: los muñecos eran ellos. El que llevaba la voz cantante en la serie era Alf. El resto de intérpretes estaban para darle la réplica. Algo que, para un actor (trabajo que, como ya hemos dicho, se resume en la frase ‘Hazme caso, hazme caso’) es una tragedia. Los dos hijos hacían el papel de percheros, mientras que la presencia de la madre se explicaba únicamente para que comenzara mi personal obsesión por las pelirrojas que son sorprendidas en la ducha por un enano vestido de oso. Y no hablemos de personajes poochies como el olvidable sobrino de los vecinos Armonía, un niñato introducido en la segunda temporada que no recordaba hasta que vi un par de fotos antes de escribir este post.


Pero había una excepción. Max Wright (Willie), único actor de la sitcom con una carrera posterior de cierto recorrido y clave para el éxito de la serie. Al igual que ‘Star Trek’ se basa en la interacción entre Kirk-Spock-McCoy y ‘Garfield’ en la relación entre Jon Arburkle y sus propias idiosincrasias (el gato sólo está ahí para rellenar viñetas mientras que su dueño intenta ligar con señoras en la cola de la frutería), el eje de Alf es un tira y afloja entre el bicho y Willy. Bueno, más bien un tira, tira, tira, que ya el humano demostrará una paciencia que haría que Job y Ned Flanders le dijeran que de vez en cuando hay que rebelarse.

Y se rebeló.


Sólo un poquito. Que en el fondo era Willy. En principio, él y el resto de la familia querían seguir estando traumatizados por muchos años. La cuarta temporada terminó con un final abierto a la espera de retomarlo en la siguiente edición. Cosa que no ocurrió. La cadena decidió tirar de la ídem y cancelar la serie. Momento que todos los actores empezaron a recapacitar. Ellos seguían en su trabajo porque no todas las veces puedes estar en una de las series más vistas del mundo. Pero, como ñordo que sale tras cuatro días establecido en tu interior, la liberación fue tal que empezaron a soltar por sus boquitas el horror por el que pasaron y lo agotador del rodaje. Y es que el proceso de poner y quitar trampillas era tan complejo, que las grabaciones eran eternas.

Podrían haber recurrido más a menudo al enano disfrazado de Alf que se utilizaba en algunos planos de la primera temporada y en la secuencia de créditos. Pero eso suponía dos problemas. El primero, obvio: que la careta del traje se parecía más a un goblin de ‘Troll 2’ que a la propia cara de la marioneta. El segundo, que sólo es una hipótesis gilipollas, que Fusco quería controlar todo lo relativo al personaje. Él era Alf. Y no podía admitir que enano con cara de chino (todavía recuerdo la entrevista que le hicieron en Tele Indiscreta) le usurpara el puesto.

Cuando Fusco hizo un Joss Whedon y consiguió que le dejaran terminar la trama en una película para televisión, el reparto completo lo mandó a tomar por culo. ‘Proyecto: ALF’, la culminación seis años más tarde del cliffhanger de la serie en el que el gobierno capturaba al extraterrestre, tendría un elenco actoral totalmente distinto. Tendría a Martin Sheen.


No, en serio. Martin Sheen. El de ‘Apocalypse Now’. El de ‘Badlands’. El actor que más veces ha hecho de presidente. Y, sobre todo, el tipo que otorgó su herencia genética a esa bestia de la sordidez que es Charlie Sheen.

‘Poryecto: ALF’, es una cosa tristona y fallida debido a la ausencia de Willy. Y eso que tiene un cameo de Michael Berryman, el tío más feo del mundo e icono de todo fan de las pelis de bárbaros ochenteras. Durante la primera mitad de la cosa, Alf es sometido a pruebas y consigue que los médicos acaben locos. Luego se escapa con la ayuda de dos ficus de interior (algunos dicen que eran personajes humanos: yo no podría asegurarlo) y es perseguido en plan ‘El equipo A’ por Martin Sheen. Se refugia en la casa de un brillante científico con la improbable cara de Miguel Ferrer. Y luego me fui a dar un paseo y seguir con mi vida porque, a tomar por culo. Que encima la estaba viendo en una copia de DVD comprada en Méjico por mi hermano y doblada en neutro. Me debo al bloj, pero no tanto.

Por lo que he leído, al final los buenos ganan, los malos pierden y Alf se convierte en embajador de la tierra. Pues mire usted qué bien. También he tenido que recurrir a internet para obtener más información sobre el otro proyecto paralelo que protagonizó el bicho en la cima de su popularidad: ‘Alf, la serie de animación’. Una cosa que no recuerdo haberla visto nunca en España. Claro que probablemente esté equivocado, porque la popularidad del bicho aquí era tan alta como en Alemania. El proyecto duró dos temporadas. Según los expertos infantiles consultados, eso fueron dos temporadas de más. Porque observen la cara que resultó al intentar animar la marioneta tridimensional:


Antonio Garisa lo denunciaría por plagiarle el ser la cosa más grimosa del universo.

La trama era, sin embargo, bastante lógica: la alegre vida en plan ‘Grease’ de Gordon Shumway (verdadero y acertado nombre real de Alf) en su planeta Melmac. Supongo que el saber que todo lo que se veía estaba a punto de estallar y que la mayor parte de secundarios iba a fallecer agónicamente le quitaba su punto diversión al asunto. Así que hicieron otra serie que la acompañaba en la que, por fin, mandaron la lógica a la mierda: ‘Los cuentos de Alf’.


Ésta sí que la veía religiosamente. Se trataba de poner al impresentable Gordon (repito: el mejor nombre de extraterrestre de la historia) protagonizando famosos cuentos de hadas que, mire usted por dónde, eran iguales en Melmac que en la tierra. Pero da igual. Lo importante era ser niño y ver cómo Alf rapeaba ‘Rapunzel, Rapunzel, suelta tu cabellera/ para que yo pueda subir/ como una escalera/ Rapun-rapun’ sin meterte a emo suicida en ese mismo momento. De hecho, creo que mi desprecio por el rap en general viene de ese episodio. O de Millán Salcedo cantando rap. O de escuchar rap. Sí, creo que de esto último.

Esta segunda serie animada, que recuerdo bastante divertida, tampoco pasó de la segunda temporada. En el 89 se llegó a comercializar un videojuego para la Master System hecho con prisas que generalmente es considerado como uno de los peores del sistema. Y, con esto, Alf desapareció de nuestras vidas.

Pero no de la de los americanos.


A principios de los 2000, por aquello de la nostalgia, Alf comienza a aparecer en una serie de anuncios, lo cual condujo a un nuevo intento de resucitar al bicho. Esta vez en un talk show. Algo que sólo podría ocurrir en los Estados Unidos. Básicamente porque en España ya hay un programa así con una marioneta. Y me refiero a Pablo Motos. El experimento se llamó ‘Alf’s Hit Talk Show’, y duró lo que tenía que durar: siete episodios. Según Wikipedia, hay indicios para pensar que nunca se realizó con vistas a tener varias temporadas. O, traducido al español, que fue un ‘por si acaso cuela’. Yo no me lo creo, y estoy más del lado de los que reclaman para el programa su verdadero lugar en la anales de la televisión como uno de los mayores fracasos de la historia de los talk-shows, justo por encima del programa nocturno de Francis Lorenzo.
Hoy en día, muchos claman por el regreso de Gordon Shumway. Otros por el regreso de Cthulhu. Cada cual con sus aficiones. De todas maneras ese plagiador profesional que es Seth McFarlane ya casi ha hecho su propio 'Alf' en 'American Dad'. A mí no me importaría una resurrección del concepto, siempre que no sea hecho por ordenador, con la voz de Jorge Sanz y música de Paco Arango.


Ah, no. Que eso ya existió. Me quedo con Cthulhu, entonces. O con una de las criaturas de R'lyeh cuya visión te hace enloquecer. Como ésta:


Internet: nunca dejarás de sorprenderme. Y de acojonarme.

Recientemente me compré ‘El más allá’ de Lucio Fulci en Blu Ray. Para los que no la hayáis visto, os diré que trata de un hotel en el que, vaya usted a saber por qué (los italianos ochenteros y la lógica en los guiones: tan unidos como la nocilla y la fabada), se abren las puertas del infierno. ¿Qué tiene esto que ver con mis vacaciones? Pues dentro de un par de párrafos os lo digo.

Mi muñeca se fue a tomar por culo hace varias semanas por entregarme al feo vicio de hacer deporte, algo que no sólo me resta credibilidad freak, sino que ha logrado que durante un breve periodo de tiempo pudiera mover las tetas. Pocas cosas generan más felicidad. Sin embargo, la lesión ha hecho que me sea muy difícil escribir. Así que el blog se ha quedado aparcado mientras me iba de vacaciones a Escocia con muñequera con el mismísimo diseño del parato de lanzar redes de Peter Parker. Treinta y seis años y andando por la calle presionando la parte metálica de la palma de la mano del complemento ortopédico: tan triste como emocionarse por saber mover las tetas.
Escocia es una nación que ya se ha paseado por ente bloj en una ocasión en el que considero el mejor primer párrafo de la historia de Vicisitud y Sordidez. Que no es ni de Vicisitud ni mío, sino de mi
amigo Marlow. Claro que hay una cosa que marca la seña de identidad sórdida del país del kilt y del sporran. No son los deportistas con bigotones de los que hablaba el post enlazado. Ni las enormes cantidades de cagarrutas de ovejas que te encuentras por el campo. Ni siquiera los atentados estomacales como el haggis, el black pudding y el Irn Bru (como era de esperar, me he traído una botella para torturar a las futuras visitas a mi casa que no hayan catado este néctar de dioses; de dioses tarados, por supuesto). Es el instrumento del infierno. La gaita.

Una bolsa de echar ruido de la que ya hemos hablado y que estuvo omnipresente durante mi periplo. De hecho, en la isla de Skye asistí a una especie de concierto callejero para turistas a cargo de la banda de gaiteiros locales. Snowymary resumió todo en una frase tras tres canciones:

Paco: La verdad es que ya nos podemos ir. Total, todas suenan más o menos igual. Igual que mi estómago después del desayuno con haggis.
Snowymary(Dicho con toda la inocencia del mundo): Ah, pero… ¿es que no han tocado la misma tres veces?

¿Os acordáis que comencé este mini post de actualización vital hablando de ‘El más allá’? Pues ahora vamos a ello. Ya sé qué es lo que abre las siete puertas del infierno de las que hablaban Fulci y Europe. Es ento:

Pero lo mejor no es que se dediquen a versionear clásicos del rock con gaitas. Es que, además, se llaman ‘Red Hot Chilli PIPERS’. ¡Instrumentos del infierno y chiste forsálico todo en uno!

Disfrutad con su We Will Rock You con cita incluida a… ¡Eye of the Tiger!:

Y, por si pensáis que hinchan la bolsa escrotal sólo a base de clásicos del rock, aquí tenemos algo más reciente y, para mí, su obra cumbre en lo que se refiere a atchonburikismo:

A mi muñeca rota le queda todavía un mes de recuperación, pero más o menos puedo escribir a una velocidad aceptable. Así que ando preparando dos posts que no sé si serán ÉPICOS, pero desde luego que sí que extensos. Por no olvidar el hecho de que 'Videofobia 6' lleva una semana en montaje. ¡El curso comenzará en breve y no tenemos intención de parar de decir gilipolleces! ¡Ni de mover las tetas en presencia de todos nuestros conocidos! ¡Rock y gaitas para todos!
(Y no olvidéis haceros fotos en todos los retretes de todos los castillos que visitéis en vuestra vida)

Mientras que me recupero de una rotura de muñeca y de ser un vago, reproduzco un post que he escrito por encargo del webmaster de la página '¿Qué fue de..?':

¡Un post de encargo para un blog que no es de humor! Por una vez puedo relajarme y no estar pensando en soltar una tontería por párrafo. Más bien soltaré una tontería por párrafo sin pensar y de manera natural. Porque no puedo escribir de otra forma. Cual ñordo duro falto de fibra, simplemente no me sale.

El amigo Álex me encargó que escribiera sobre cosas de la infancia. Ciertamente, me paso todo el día hablando de películas. Por ello, no hablaré de mis recuerdos infantiles cinematográficos. También he dado la tabarra mucho de mi vida privada en mi blog, por lo que no me dedicaré a mis recuerdos familiares. Por otra parte, todo el mundo con mi edad tiene más o menos los mismos recuerdos televisivos, por lo cual tampoco hablaré de series. Ni escogeré la copa que hay delante de mí. Porque la iocaína procede de Australia, como todo el mundo sabe. Y Australia está poblada por criminales. Y los criminales están acostumbrados a que la gente no confíe en ellos, tal y como yo no confío en vos, por lo que claramente....

Vale, ya está. Es que me gusta mucho ‘La princesa prometida’. En parte gracias a la banda sonora de Mark Knopfler, líder del primer grupo musical del que fui verdadero fan. Lo cual me lleva a pensar que lo más adecuado sería escribir sobre mi infancia musical. Ese momento en que el gusto está en pañales. En mi caso, en pañales necesitados de un cambio urgente.

Cuando era niño, inocente y bastante insoportable, lo que más escuchaba era lo usual: mis discos de Los Payasos o de Enrique y Ana, los cuales creo que tenía más por inercia que por verdadero interés. Sin embargo, lo mío era sobre todo poner una y otra vez un disco recopilatorio de música adulta que incluía, nunca entendí por qué, el tema principal de ‘Don Quijote de la Mancha’. Me gustaría pensar que era una señal de mis futuros gustos, por aquello de esa épica introducción con coros. Pero sospecho que más bien se trataba de que la voz de Miliki siempre me pareció desagradable, que Ana no me ponía nada y que Enrique del Pozo era Enrique del Pozo.

Parchís nunca me interesó demasiado y, un tiempo más tarde, dediqué mis horas al lado del tocadiscos a escuchar schlager para niños en la figura del Padre Abraham en el país de los pitufos. Pero secretamente, lo que más me gustaba era lo que oía por la radio. Yo era más de canciones de los mayores. De Perales, Pimpinela y Bertín Osborne. Incluso de esa obra maestra del aspartamo-pop que era ‘Sólo pienso en tí’, de Víctor Manuel. Nada de música extranjera, en un doloroso contraste con mi colección actual de discos, que sólo contiene cuatro artistas cantando en español y uno de ellos es italiano.

Antes de que ‘hacer algo secretamente en casa’ fuera sinónimo de ‘onanismo desaforado’, yo me dedicaba a poner cuando no me veían algunos de los escasos discos de mis padres, los cuales nunca han sido gente muy musical. Pero al menos me permitieron deleitarme con clásicos del mundo viejuno como ‘Olvídame y pega la vuelta’ o ‘Noches de San Juan’. Pero, repentinamente, la bolsa escrotal creció, yo no crecí, y empecé a interesarme más activamente en la música. Veía todos los video clips que ponían en televisión, sobre todo en esos momentos de desconexión territorial en los que no paraban de repetir el ‘Money for nothing’ de Dire Straits, ‘Pictures in the de Mike Oldfield, el ‘Take on Me’ de A-Ha o cualquier cosa con animación que pareciera moen-na y atrevida.

Y como retrete en restaurante de parada de autobús de carretera, empecé a tragarme de todo y desenfrenadamente. Por algún motivo, tenía mucha memoria para la música, y era capaz de recitar los popurrís de chirigotas de las casetes mortales con las que mi padre me torturaba cuando íbamos de viaje. De hecho, gracias a esos popurrís (espantos cthulhunianos en los que se utilizan melodías populares con letras humorísticas), mi cultura musical de todos los éxitos del pop anteriores a mi nacimiento era amplísima. Mi queridísima madre quiso reconducir toda esa habilidad a que recibiera clases de piano, pero, si bien podía desenvolverme con soltura en el solfeo, delante de un teclado daba más miedo que Jason Voorhees en una ferretería.

Claro que tampoco hay que llevarse a engaño: como a cualquier niño de bien, la música clásica me aburría más que un disco de Fleet Foxes interpretando a Stockhausen. Cuando eres infante es el momento de disfrutar de pop chorra y letras irrisorias. Por lo tanto, la primera casete que compré (en complot con mi hermano, tres años mayor, pero nunca muy aficionado a la música) fue ‘Entre el cielo y el suelo’ de Mecano. Esa fue la primera pata del cacao sónico de mi infancia.

La segunda y tercera la formaron las dos primeras cintas que conseguí en casa de un amigo que poseía el Santo Grital: un tocadiscos que podía grabar casetes. Fueron ‘The Final Countdown’ (EL disco a lo largo de 1986) y el primer LP de The Communards. El cuarto lado de mi cuadriculada base musical fue el primer disco que me compré al 100% con mi dinero ahorrado a base de no comer poloflanes (en mi pueblo, nombre oficial de los Flash). En una época en la que mi principal prioridad presupuestaria eran los juegos de Ultimate (a pesar de que nunca me los acababa) o de Dinamic (a pesar de que me cago en su puta madre cómo me timaban esos cabrones), eso era un sacrificio económico de primer orden. ¿En qué invertí mis duramente ahorradas pesetas? Pues en Franco Battiato, of course. Con 12 años. Escuchando cosas como ‘Yo prefiero la ensalada a Beethoeven y Sinatra / A Vivaldi uvas pasas que me dan más calorías’.

Por lo tanto, mi base musical quedó establecida, cual hórreo del horror, sobre cuatro pilares:
Vicisitud (Mecano), Épica y Laca (Europe), Gaycidad (Communards) y Atchonburike (Battiato). Iba a decir que el día que encontrara un grupo que me diera todo esto al mismo tiempo, surgiría una nueva era en la que la gente irá por las calles perdiendo masa encefálica, portando lazos en los penes y, por lo tanto, mucho más feliz. Pero mirando mi colección de CDs me doy cuenta de que tengo varios ejemplos de esta unión ultraterrena y no voy por la calle dejando caer cachos de cerebro. Lo que haga debajo de mis calzones, por otra parte, es algo entre yo y la que pronto será mi exmujer si no dejo de hacer el imbécil.

Mientras que muchos de mis amigos actuales pasaron sin problemas de Europe a Journey, Poison o cualquier AORterismo del güeno, yo dejé mi afición por el rock un poco apartada y me imbuí del espíritu ochentero en esencia: Stock, Aitken y Waterman. Mi segunda compra surgió de una tremenda lucha interna entre lo que yo sospechaba que era una mariconada de calidad (el ‘Red’ de Communards) y lo que de una manera instintiva sabía que era una mariconada de música Mac Donalds: El primer disco de Rick Astley. Como por aquella época escuchaba mucho a C.C. Catch (por erotismo) y a Modern Talking (por erotismo), me decidí por el pop alegre de la segunda opción. Claro que dio igual: la tercera compra fue ese magnífico ‘Red’, que contaba con la primera canción emotiva que realmente me traumatizó: ‘For A Friend’, dedicada a un amigo fallecido por SIDA.

Pero al fin y al cabo era un niño al que sólo le interesaba leer ‘El Hobbit’ y terminarme el ‘Target: Renegade’. Así que lo de la reivindicación sosiarl me pasaba un poco por encima cuando me compraba cosas como el ‘Actually’ de Pet Shop Boys y escuchaba ‘It Couldn’t Happen here’. Yo adquirí ese disco inconsciente de todo subtexto de gaycidad. Lo que me fascinaba más bien era ese inquisitorio videoclip de ‘Ez Azín’. Porque ya se iniciaba mi época de obsesión medieval y por la fantasía heroica que, en lugar de conducirme por los usuales vericuetos de Blind Guardian y Manowar, acabó abocándome a los pozos de la música celta (con el tiempo aseguro que he conseguido distinguir algunas jigas entre sí; no siendo así con los ‘reels’, lo cual sería una hazaña sobrehumana. Y si sabes la distinción entre ambos, sólo puedo decirte una cosa: cuéntamela, por favor, de manera que lo entienda. Y que no me importe un carajo).

Tanta gaycidad y desgaste del casete de Franco Battiato, pero notaba que me faltaba algo. Lo mío, por mucho que escuchara música y fantaseara con participar en El Tiempo es Oro con el tema ‘Compañías y programadores de Spectrum’…

… eran las películas. La narrativa. Las historias largas. Más ¡¡¡¡ÉPICA!!!!

Por aquellos entonces, comencé a hacerme mis propias VHS con videos grabados sobre todo del ‘3X4’, programa que veía porque los pelillos de pincho de Julia Otero me ponía cosa fina. Así vieron la luz varias afrentas a la naturaleza que comenzaban, por ejemplo, con el ‘Got My Mind Set On You’ de George Harrison, seguían con el ‘I Surrender (To The Spirit Of The Night)’, demostraban falta de decoro con un mix de Francesco Napoli y culminaban con una actuación en playback de José Luis Perales. Y en una de éstas que me dio por grabar ‘Sultans of Swing’, versión de Mark Knopfler con Eric Clapton en el concierto de Mandela. Y lo flipé. Sobre todo por la duración de la canción. Era ¡¡¡¡ÉPICA!!!! Así que, para cuando me regalaron mi primer equipo de música, pedí como primer CD el recopilatorio de Dire Straits (además del vinilo de ‘Introspective’ de Pet Shop Boys; cómo no me daba cuenta de la gaycidad del video de ‘Domino Dancing’ es algo que hoy en día no me explico).

Mi desilusión fue ligera cuando comprobé que la versión original de ‘Sultans’ hacía un feo fade antes de todo el desarrollo instrumental. Pero… estaba ‘Telegraph Road’. La canción más larga del grupo, con su historia y su tremendo clímax. Yo no lo sabía, pero estaba ya encaminado a la perdición. La inocencia de la niñez se fue por el retrete cuando, inconscientemente, me introduje en el terrorífico mundo… del rock progresivo. Pero eso ya no son recuerdos de la infancia. Gracias a peich. Porque quién sabe qué traumas arrastraría hoy si hubiera escuchado de joven ‘The Gates of Delirium’. Como su propio nombre indica.

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